Aún no caigo. No puedo creer que haya muerto Luis Charquero. Cuando mi madre me mandó un mensaje diciéndome que estaba grave, supuse que era una exageración, que no podía ser. Hacía unos meses habíamos conversado y estaba lo más bien. Siempre con buena onda, siempre preguntándote por tus proyectos y sugiriéndote cosas para mejorarlos. Siempre dispuesto a ayudar y preguntándote si recordás lo que aprendiste en el curso. No podía ser él. Capaz que estaba hablando del culo roto de Martín Charquero, que por suerte, lo único que comparte con Luis es el apellido.

Quizás pocos lo conozcan, porque no era un profesor “mainstream”, de esos llenos de contactos que andan vendiendo humo por ahí, dando conferencias sobre lo sarpado que está el curso que da como si fuera un político en campaña. Era muy humilde, promocionado más que nada por el “boca a boca” de los alumnos.

Siempre me acordaré de la primera clase que tuve con él. Llegué, me dijo “hola Juan Pablo, bienvenido, tomá este texto, leelo”. Estaba rodeado de gente que tenía pinta de haber estado en el curso por mucho tiempo. Me daba un poco de miedo. Lo miré con cara de extrañado. Le dije que nunca había leído cosas en radio. Me dijo que para eso iba al curso. Lo leí. Me corrigió unas cosas. Lo terminé leyendo como 4 veces más hasta que me salió casi redondito. Cada corrección era tan buena, tan respetuosa, con tantas ganas y siempre con una sonrisa en la cara, que daba placer que te corrigiera. Y lo mismo hizo con el resto de los alumnos, los que ya estaban hacía tiempo. No hacía ningún tipo de diferencia. Todos éramos iguales. Te hacía sentir seguro. No permitía que dijeras “soy malo” o “no sirvo para esto”. Te hacía creer que eras el mejor. Te hacía laburar como loco hasta que lograras tu cometido.

Si algo no te gustaba, no sé cómo hacía pero te convencía de hacerlo. Me acuerdo que uno de los textos consistía en actuar la publicidad de Bosch y Compañía, que debe ser la peor publicidad de la historia de la radio mundial. No oculté mi malestar. Le dije que el creador de esa pieza publicitaria merecía morir de una muerte lenta y dolorosa. Me miró con una sonrisa en su cara y me dijo “Juan Pablo, no digas esas cosas, dale que vos podés”. Luego del tercer o cuarto intento de su parte, y del tercer o cuarto insulto a la pieza publicitaria por mi lado, lo leí. Hice del pelotudo que dice “¡Pero Doña María!”, o alguna pelotudez similar. Me salió bien. Me felicitó, y me dijo que en radio me iban a mandar hacer muchísimas cosas que no me gustaban y que tendría que bancármela. Me sentí tan contento que hasta me dieron ganas de actuarlo de nuevo.

Siempre hablaba con orgullo de sus ex alumnos que triunfaban en los medios. Para él eran como sus hijos, y para sus alumnos egresados él era un padre postizo. Siempre recordaré el día que llevo a Pedro Rodríguez Quiroga (locutor muy famoso que puede ser escuchado, por ejemplo, en la campaña para sacar la expresión “trabajo de negro” de la RAE) a hacer dúos con los alumnos.  Fue una experiencia sensacional. Me sentí un salado al mezclar mi voz con la de un tipo que sale en todas las publicidades conocidas. Y encima, demostrando que era un tipo de la escuela de Luis, se tomaba el tiempo de darte una palabra de aliento y de decirte lo bien que habías estado.

Puedo decir que por lejos es el mejor profesor que he tenido. Gracias a él, no solo me empecé a interesar más en la radio sino que, a pesar que al principio pensaba todo lo contrario, me di cuenta que eso que decía Einstein se aplicaba para sus clases: el genio se hace con 1% de talento y 99% de trabajo. Cualquiera que haya tenido el placer de ser parte de una de sus clases puede afirmarlo. Pasaron cientos de alumnos, muchos a los que cualquier otro profesor, al primer día, les diría que se dedicaran a la jardinería o a otras cosas más productivas que la radio, teniendo una voz tan espantosa. Pero él, siempre con su buena onda y dispuesto a ayudarte te diría que con “constancia, tesonería y paciencia” te convertirías en un gran profesional.

Te imagino leyendo esto y mirándome con cara seria para que saque los insultos, pero respetando mi estilo, como siempre hacías. También te imagino corrigiéndome, siempre con una sonrisa en la cara, alguna parte del texto. Lamentablemente esas correcciones no estarán. Lamentablemente no estás más entre nosotros. Que en paz descanses, Luis, estarás presente en cada segundo que la radio salga al aire.