La idea principal era transmitir los partidos de Liverpool a través de RadioPasillo. ¿Cómo? No teníamos la más mínima idea, pero las ganas, como las de Boghossián o las de Balsas para hacer goles, estaban.

Charlando con Ulises, que es quien planteó la idea de hacer las transmisiones, surgió la posibilidad de tener un mágico aparato que tuviera un celular que se conectara a la consola de transmisión, y otro para llamar hacia allí. Los dos teléfonos tendrían que tener los números amigos, de forma tal que no tuviéramos que pagar por ello.

Cuando me habían consultado en qué podía colaborar en la transmisión, dije que no me veía comentando, por lo cual mi rol podría ser de relator. Jamás relaté en mi vida. No soy como esos relatores famosos que comentan que de chicos usaban un secador de pelo como micrófono para relatar los partidos de la liga de Israel. Tampoco me puse a practicar relatos. Tampoco me estudié los nombres de los jugadores. Absolutamente nada de lo que un tipo que pretende dedicarse a eso haría.

Hasta que un día Mathías me contactó por Facebook. Me dijo que Ulises le había comentado que yo iba a ser el relator y él comentarista, y que estaba muy entusiasmado con la idea. No pretendía pinchar el globo, pero el mágico aparato no había aparecido, y estábamos a una semana del partido. Así como Boghossián y Balsas solo con ganas no le hacían goles ni a Rentistas, como lo demostraron en su pasaje por Nacional, nosotros solo con ganas no podíamos transmitir. La idea era que el aparato mágico apareciera, cosa que seguramente sucedería. Ya con eso, empecé a plantearme más seriamente mi rol de relator.

Comenté eso en mi trabajo. Mi amigo JJ López me dijo que uno de sus sueños era ser comentarista deportivo. Un tipo que sabe del tema, con el que podemos pasar horas debatiendo, él defendiendo a Barcelona con sus argumentos y yo con los míos diciendo que son un cuadro blandito que le hizo mucho mal al fútbol, por ejemplo. Un tipo que si prende una televisión y no hay canales de fútbol, es como que la televisión no existiera. Un tipo que es un gran jugador de fútbol 5. Un tipo que es, por sobre todas las cosas, una gran persona, y que sería ideal para hacer una dupla. Me encantó la idea. Le dije que ni bien consiguiéramos el aparato mágico le diría y arreglaríamos los detalles. Más emocionado quedé. No solo relataría, sino que podríamos expresar frente a un micrófono varias opiniones que generalmente emitimos en el día a día, aportándole un toque de humor a la situación.

Lamentablemente, ese aparato mágico no apareció. La ilusión de relatar quedaba en el olvido. Todo lo que había pensado para decir me lo tendría que guardar. Pero a su vez, eso tenía un lado bueno, y es que podría ir a la cancha a rajar a puteadas a todos los jugadores contrarios que quisiera. Es lo lindo que tiene el fútbol. Es más barato que cualquier terapia. Te abre la cabeza, porque es una constante búsqueda de originalidad en el insulto. Y aunque algunos pelotudos lo lleven al extremo y porten armas o maten a otros excusándose en su cuadro, y aunque algunos comentaristas deportivos y público en general piensen que el insulto genera violencia, yo pienso que es parte del folclore del fútbol. Gritarle “falopero, siempre contra la raya” a algún jugador contrario al que le haya dado antidopping positivo de cocaína, como a Ariosa, no genera violencia, genera amistad entre los hinchas. Es un sentimiento inexplicable

Pero surgió una idea improvisada, que implicaría varios sacrificios pero lograría su cometido. Dado que la radio está en el altillo de mi casa, que tenemos un aparato para sacar llamadas al aire, y que desde mi celular tengo el teléfono fijo de mi casa (es decir, la radio) como número gratuito, tendríamos que llamar desde mi celular, conectar el aparato y empezar a transmitir. De esta forma se escucharía todo lo que pasaría hasta que llegáramos a la cancha, en vivo. Desde que el guarda nos dierael boleto, hasta que una señora nos empujara disputando una carrera hacia el asiento.

Fue así que llamé a JJ, a Ulises y a Mathías para contarles la idea. Quedaron un poco desconcertados, pero le metieron para adelante. Cuando llegué a mi casa hice las pruebas correspondientes. Funcionó. Le di el celular a mi hermana, que se puso a tocar la guitarra y cantar mientras yo subía a la radio a arreglar el sonido para que quedara más o menos «escuchable». La emoción me invadió.

Y llegó JJ. Lo primero que le digo es «JJ, ya estamos al aire, cuénteme impresiones del partido que jugarán Liverpool y Danubio». Y así arrancamos a caminar, diciendo bastantes cosas, como si fuera una previa, hasta la parada del 427. Lo vimos pasar, se nos escapaba. Le digo a JJ y a mi hermana «¿Llegamos? ¿Lo corremos?» Y fuimos corriendo como unos pelotudos y finalmente nos paró. Se deben haber escuchado varios baches en ese momento. No nos importó. Le dimos para adelante.

Nos fuimos hasta el fondo y hablamos durante todo el trayecto, cagándonos de risa, aportando chistes que generalmente hacemos en nuestras profundas conversaciones de fútbol. Hasta que en un momento se cortó y la tristeza nos invadió. Sería imposible relatar. «¿Y si nos bajamos del bondi, volvemos a tu casa y volvemos a conectar todo?», me dijo JJ. Era una posibilidad, pero ni a palos llegaríamos en hora al partido. Se me ocurrió mirar en el mensaje que me había llegado antes que se cortara. «Su saldo es de 3 pesos», decía. Antel me cagó, no era gratis. Descartada la posibilidad de bajarnos, apareció JJ con su frase salvadora: «Le cargo saldo online a mi celular y transmitimos con eso». Solo faltaba arreglar la conexión de la radio desde mi casa. ¡¡Gracias a la recarga de 300 pesos de JJ, la transmisión podía ser posible!!

Llamé a mi viejo e intenté explicarle cómo hacer para que volviéramos a salir al aire. Lo hice subir las escaleras que dan a la radio como 5 veces. No puede quejarse, debe haber bajado como 5 kilos. Le explicaba con frases como «vas a ver un cosito blanco, al que hay que conectarle el otro cosito negro, que prende una lucecita roja, que significa que estamos al aire». En un momento me dice «bueno, ya está, creo que entendí». Estábamos transmitiendo nuevamente. La ilusión volvía a nuestras caras.

«Bueno, perdón por los problemas técnicos, volvemos a la transmisión», dijimos. Retomamos la previa arriba del 427. ¿Qué radio te puede dar una previa arriba de un ómnibus? Solo una con tantos problemas técnicos y tan poca guita. Pero a su vez, con tantas ganas de transmitir.

Hasta que llegamos a la cancha. Fuimos el único medio en la historia que tuvo que pagar entrada para entrar a transmitir. Otra cosa histórica, como la ya mencionada previa arriba del 427.