Soy un insecto que soñó que era humano y lo disfrutó, pero el sueño se terminó y el insecto está despierto

Esto le dice el científico Seth Brundle (Jeff Goldblum) a su novia, Veronica Quaife (Geena Davis), luego de que un experimento fallido lo obligara a vivir una grotesca metamorfosis en mosca. La cita es del escritor Franz Kafka y no podía ser más acertada: “La Mosca” (The Fly, 1986), más que el dilema de un humano sujeto a una horrible transformación, es la historia del insecto que habita dentro de todos nosotros.

La mosca (The fly)
1986
David Cronenberg
Jeff Goldblum, Geena Davis y John Getz

La premisa es muy sencilla. Seth Brundle es un científico que trabaja en la teletransportación: construyó dos cabinas separadas y encontró una forma de transportar las cosas de una a otra. Las cabinas y el método de teletransportación no están perfeccionados, pero andan lo suficientemente bien para interesar a Veronica Quaife, una periodista que comienza queriendo hacer una nota sobre el proyecto y termina enamorándose de Brundle.

La transformación de Seth Brundle

La transformación de Seth Brundle

Lo demás es familiar: el científico desoye las medidas de seguridad y decide hacer un experimento que no debería en pos de la ciencia y su propia soberbia, la historia del hubris de siempre, algo sale mal y el científico (y la gente a su alrededor) paga las consecuencias. En este caso lo que sale mal es que una mosca entra a la cabina al mismo tiempo que su inventor, y la máquina que los teletransporta en vez de leer a ambos como criaturas separadas los une.

[pullquote]Aunque las películas de Cronenberg hoy en día están algo añejas en producción y tiempos narrativos, los efectos especiales siguen siendo de lo mejor[/pullquote]Hasta ahí una película bastante sencilla y algo trillada, basada en un cuento de George Langelaan que ya había sido adaptado al cine en 1958.

Afortunadamente, en esta historia hay un personaje que cambió la propuesta: el canadiense David Cronenberg (Shivers, Rabid, Scanners), un director que se deleita con dos cosas; en el guión le gustan las historias de infecciones y transformaciones, y en la pantalla elige contarlas con efectos especiales del estilo gore.

Aunque las películas de Cronenberg hoy en día están algo añejas en producción y tiempos narrativos, los efectos especiales siguen siendo de lo mejor. En una época donde la mayoría de los directores prefieren efectos generados por computadora que imitan cada vez mejor la realidad (aunque a veces de una manera artificial y aséptica), los efectos de Cronenberg, con diseños bizarros y cuidadosamente surreales, muy bien ejecutados y consistentes con un mundo donde lo extraño irrumpe en la normalidad, son una muestra de ingenio y originalidad.

El director, justamente, nos maravilla con sus efectos a través de progresión de la transformación de Brundle. A medida que avanza la película el científico es cada vez menos humano y más insecto, hasta llegar al clímax en que vemos su cascarón de hombre caerse en pegajosos y pútridos pedazos y sólo quede una enorme y grotesca mosca que se había estado escondiendo en el interior.

Sin embargo, este acto de magia es una treta: detrás de la ciencia ficción y los efectos especiales se esconde lo que nos mueve realmente en esta película, Geena Davis y su interpretación de la mujer testigo de la transformación de Brundle.

[pullquote align=»right»]Cronenberg juega con efectos y el shock de la transformación física de Brundle, pero en el fondo nos asusta con un miedo muy distinto: el de la familia, el de perder nuestra identidad individual frente al colectivo[/pullquote]Más o menos cuando la condición de Brundle comienza a hacerse evidente Veronica Quaif averigua que está embarazada y no sabe si lleva el hijo del científico que conoció o de la criatura en que se está convirtiendo. Esa tensión alcanza un momento íntimamente horrendo cuando descubrimos que la escena en la que Quaif va a abortar el bebé y los médicos extraen una enorme larva de mosca no ocurrió realmente, sino que fue un a escena onírica.

Que la aparición de esa larva monstruosa no haya sido real es peor para ella: significa que esa criatura podría estar esperando dentro de ella y eventualmente abrirse camino hacia el mundo exterior.

El horror de esta película no está en la metamorfosis de Brundle sino en su relación con Quaif: a medida que Brundle se convierte cada vez más en insecto su humanidad desaparece y es reemplazada por nuevos instintos. Al principio Brundle captura a Quaif y le increpa que intentó eliminar a su hijo, el último resquicio de humanidad que queda de él. Eventualmente querrá obligar a Quaif a entrar a las cabinas defectuosas con él, deseando que la máquina los reúna a ambos como hizo con él y la mosca, fusionando a Brundle, Quaif y a su hijo nonato en una familia.

En el fondo Cronenberg juega con efectos y el shock de la transformación física de Brundle, pero en el fondo nos asusta con un miedo muy distinto: el de la familia, el de perder nuestra identidad individual frente al colectivo, ya sea el colectivo de la familia, la pareja o cualquier otro. En el caso de la mujer, de perder su individualidad en su papel como madre, de engendrar la semilla de un otro. En el caso del hombre, de caer presa de los instintos primitivos que lo llevan a poseer a la mujer y perpetuarse a sí mismo.

Como con Kafka, Cronenberg nos asusta con una de las peores plagas que hay: los demás.

Por El Hombre Sandía.