Aprovechando que estamos en verano y no hay programas, publico este texto.

Mi abuela murió hace muchos años. No recuerdo exactamente en qué año fue. Es algo que mi mente borró por opción propia. Recuerdo que fue una noche de Navidad. Me había ido a dormir alrededor de las 4, después de haber brindado y todas esas cosas tradicionales de las fiestas. Me desperté por el ruido del aparato para el corazón. Nunca me voy a olvidar de ese «piiiiiiip» que escuché apenas me levanté, en ese momento que estás tan dormido que no entendés nada. Me di cuenta de lo que pasaba cuando fui a su cuarto, que hoy es el mío. Estaba con unos médicos tratando de reanimarla. Lo primero que pensé es que iba a ser como en otras oportunidades en las que le había pasado lo mismo, que se levantaría, la llevarían al hospital para hacerle algún estudio, se reiría recordando lo acontecido y se levantaría para volver a casa a preparar la comida, pero no.

Me llevó un par de años pasar a dormir en el cuarto de ella. Preferí dormir en un cuarto chico y casi sin privacidad que tomar su cuarto, lleno de recuerdos. Hoy en día aún hay cosas suyas que no me atrevo a sacar. Cada vez que intento ordenar, surge una foto, un recuerdo, algo que me hace quedar pensando por horas y dejar lo que estaba haciendo para otro momento.
Los años pasaron y hoy en día que tengo la personalidad un poco más formada, hay montones de cosas que tomé de ella y que me encantaría, si estuviera viva, compartirlas.
Cuando era chico ya me gustaba la política. No entendía mucho, repetía más o menos lo que decían mis padres, pero me gustaba escuchar a los candidatos y sobre todo coleccionar listas. Cuando iba a la feria, como era muy chico, los militantes no me daban. Le pedí que me acompañara y pidiera, y así lo hizo. Pedía listas de todos los partidos y se tenía que bancar el discurso pelotudo de los militantes tratando de convencerla para que los vote. Ella les decía que sí a todos. Cuando nos íbamos, se reía y me decía «pobres, se creen que en serio los voy a votar». Así, gracias a ella, llegué a tener una colección de casi todas las listas de todos los partidos.
Cuando llegaron las primeras elecciones en las que ganó el Frente Amplio, yo era adolescente, sin edad para votar, y estaba convencido de que si ganaba Tabaré Vázquez el Uruguay y el mundo serían mejor. La gente saldría a las calles y se destilaría progresismo, solidaridad, trabajo, salud y educación para todos. Mi abuela no. Ella pensaba que todos eran lo mismo. Pensaba votar a Victor Lissidini, el candidato del Partido Intransigente. Estaba muy convencida, hasta que un día le caí con todas las listas del Frente Amplio y le dije que ahí tenía para elegir. Las vimos una por una. Ella miraba e iba descartando. «A Mujica lo voto cuando se bañe», dijo, descartando la 609. «A Michelini lo voto si se deja de currar con el padre», dijo descartando al Nuevo Espacio. Así fueron pasando varios que no le convencían hasta que llegó a la 326 de Sendic. «Al padre le hicieron de todo, pobre, le deformaron la boca y lo mataron. Lo voy a votar a él»: Yo estaba re contento. Iba a votar al super candidato progresista que nos pondría contentos a todos. La había convencido. Incluso, la acompañé al cuarto secreto con una emoción bárbara al ver que efectivamente votaba al partido de la felicidad.
Recuerdo que cuando ganó el Frente estábamos todos emocionados en casa y prontos para ir a la calle a festejar. Recuerdo que pensé que mi abuela iba a venir con nosotros mientras miraba los festejos por la tele. «Pobre gente, se creen que las cosas van a cambiar por un político», me dijo. Yo la miraba y no podía creer lo que estaba diciendo, ¿cómo podía ser que no se contagiara de la felicidad?. «Me alegra verlos contentos, pero son unos ilusos. Los políticos son todos iguales», me dijo. Hoy en día recuerdo sus palabras y veo cuánta razón tenía. Hoy en día me encantaría intercambiar conceptos pseudo anarcos con ella, analizar la realidad actual, decirle que tenía razón y que los políticos se pueden ir todos a la puta que los parió.
Feliz cumpleaños, donde quiera que estés